¿Qué es la democracia? Por ser algo cuya noción hoy también se va borrando en Venezuela, quizás nos resultaría más fácil definirla en atención a la “ausencia de”: democracia no es exclusión ni irrespeto a las normas establecidas en una constitución que estipula derechos y deberes de los ciudadanos, las funciones del Estado y los procedimientos de toma de decisiones en política.

Por Mibelis Acevedo Donís

¿Qué es la democracia? Por ser algo cuya noción hoy también se va borrando en Venezuela, quizás nos resultaría más fácil definirla en atención a la “ausencia de”: democracia no es exclusión ni irrespeto a las normas establecidas en una constitución que estipula derechos y deberes de los ciudadanos, las funciones del Estado y los procedimientos de toma de decisiones en política. No es el promiscuo revoltijo que emponzoña la administración de los poderes, que atenta contra su separación. No es esta alquería odiosa donde grupos nimios disfrutan de privilegios vedados para una mayoría de sobrevivientes. No es el burdo atropello al derecho al voto, sabiendo que las elecciones dan sentido al ser y hacer ciudadanos.

Entonces, ¿qué sí es la democracia? Y más importante: ¿qué elementos califican su práctica? Si la asumimos “como un ethos, un modo de vivir y convivir, y por lo tanto como una condición general de la sociedad” –así Sartori resume la útil concepción de Bryce- tenemos que más allá de aspectos formales e institucionales como la existencia de un cuerpo de leyes que garantiza el Estado de Derecho; como la división de los poderes, el derecho a ejercer el voto a través de elecciones libres y de escoger así a un gobierno que represente la voluntad popular; como la pujante existencia de partidos políticos, la libertad de expresión, prensa y asociación; como el derecho a la propiedad y el respeto a los derechos humanos, la democracia existe como noción individual, como costumbre, retórica y hacer completando el bordado de tal armazón, algo que encuentra inmejorable vehículo en la libre confrontación de ideas. Eso tal vez ayuda a que, aún atenazada por jubones autoritarios, la idea de lo democrático continúe viva en la sociedad, como un pez que fuera del agua propina enérgicos coletazos para zafarse de las garras que lo aprisionan.

¿Qué es lo democrático, en fin; cómo cultivarlo al margen del grado de democratización de un sistema o de un entorno hostil? Seguramente pensar en eso nos devuelve al mismo espíritu que motorizaba a la polis griega (y a esa “dēmokratía” de los antiguos que en términos de estructura y magnitudes, sin embargo, poco tiene que ver con la complejidad de la democracia moderna): la concurrencia de ciudadanos libres, distintos pero iguales -en términos de isonomía– al debate, la gestión de la diferencia por vía del diálogo a fin de lograr consensos básicos. Parece claro, además, que para las democracias modernas la “tiranía de las mayorías” encaja como concepto áspero y excluyente, pues de hecho resulta imposible que todo el demos comparta idéntica visión respecto a un tema. Asumiendo que la pluralidad es elemento que riega con sangre y nervio la praxis que nos ocupa, no luce lógico pedir a las minorías que aceptan y respetan las reglas de ese juego que se contenten con callar y “aguantar la pela”, cuando una decisión mayoritaria (y el ámbito de las decisiones es inconmensurablemente más extenso que el de las elecciones, advierte Sartori) subvierte de manera profunda sus convicciones e intereses. Excluir a esos sectores con la excusa de que el fallo “de los más” anula cualquier posible divergencia (“así es la democracia”, dicen para despachar el conflicto) es precisamente lo que ha hecho el chavismo durante todo este amargo y confuso periplo.

Un ethos democrático, entonces, encarna un compromiso de todas las partes, responsabilidad mutua, tolerancia respecto a la disidencia: consciencia de otredad, la certeza de que “el prójimo me hace ser” en ese “espacio-entre” que nos reúne y separa a la vez. Pero, ¿es posible que ese ethos que oxigena a la democracia sobreviva indefinidamente a la asfixia autoritaria del contexto? No, ciertamente. Cuando esa deformación se instala largamente es capaz de penetrar y fracturar las pautas culturales preexistentes y aún hondamente arraigadas en la sociedad, sobre todo cuando la racionalidad de los actores políticos no opone resistencia significativa al deterioro. Nos volvemos entonces seres desvalidos frente al desbordamiento de “la barbarie interior”, como apunta Oswald Spengler, la cual termina activando un germen de autodestrucción capaz de implosionar incluso las “pequeñas democracias” que resisten en organizaciones como los partidos políticos.

¿Cuánto puede soportar ese imaginario democrático mientras se cocina un cambio en las condiciones de esa polis desmesurada y herida, una donde el ethos autoritario embute el miedo, la ciega obediencia, la aniquilación del otro, el no-cuestionamiento? ¿Cómo desafiar eso sin perecer en el intento? He allí un crucial desvelo. Quizás, como sugiere Giambattista Vico -para quien era imposible suprimir los afectos sin aniquilar la condición humana- habrá que apelar incansablemente al gobierno democrático de “uno mismo”, el foro interno e iniciático del ciudadano, la polis íntima y portátil que tocará reconstruir a cada tanto, que toca preservar del ricorso de la historia, el ataque regresivo de los pequeños y grandes tiranos.

@Mibelis

Fuente: El Universal