Acelerador a fondo, las dimensiones de la crisis pavorosa en la que se hunde Venezuela crecen con las horas. Los elementos naturales del paisaje que en otros tiempos envolvieron nuestra cotidianidad y que creíamos inconmovibles se fueron desmoronando hasta niveles infrahumanos. Y siguen cayendo sin un gesto de preocupación de los gobernantes: su única urgencia es el plan político.
En eso el juego ha sido magistral: todas las cartas marcadas, ases y comodines, parecen estar en sus manos. Y fanfarronean de ello en el convencimiento de que exhibirse como invencibles les asegura la inhibición del contrario, el ansiado forfeit que, según ellos, les renovará la legitimidad de origen el 20 de mayo, apenas en tres semanas exactas.

Quiérase o no, esa fecha marca un umbral de crucial trascendencia en el futuro inmediato de Venezuela. Un paso que puede llevarnos a varias décadas de opresión sobreviviendo en las condiciones más abyectas, o a encajarles una derrota que reviente al menos la primera de las muchas cadenas que nos oprimen. Una derrota que estremezca a un régimen, que se asume infalible e invencible, en sus cimientos.

En medio del cuadro económico y social dantesco de la Venezuela de estos días, nunca estuvo la oposición partidista tan dividida ni tan fratricidamente enfrentada como ahora. Los abstencionistas no son un grupo homogéneo aunque hayan coincidido en algunas tácticas y desde ese sector, tal vez con más furor que desde el oficialista, se ataca implacablemente y con buena dosis de guerra sucia al principal candidato de oposición que ha decidido participar en las elecciones: el ex gobernador Henri Falcón.

Que Maduro jamás reconocerá una derrota electoral y que la participación el 20 de mayo lo legitimará son los dos más fuertes argumentos de quienes se niegan a acudir y reniegan de esa cita comicial. Por supuesto, mientras más se apueste a la abstención más factible será ese escenario.

Quienes la contradicen señalan que con el 80 % de la población en contra no habrá escamoteo de triunfo posible si la votación es masiva, sobre todo si el pueblo chavista, aplastado como está contra la pared, decidiera jugar una carta esperanzadora, que impulsara sus posibilidades de salir con vida de este infierno en que los mantiene Maduro. Todo lo demás es incierto. En esta hora, chavistas y opositores claramente se están necesitando unos a otros

El segundo argumento es realmente débil. Maduro no es legitimable por muchas elecciones que haga y, menos si impúdicamente, como lo está haciendo (“yo apoyo y ustedes votan”), se asigna burdamente todas las ventajas. Después de haber sido acusado internacional y merecidamente de “carnicero”, de haber destruido todas las instituciones y el Estado de Derecho, mantener presos políticos, invalidar partidos y mantener a millones en exilio obligado, no habrá baño lustral que valga. Eso no tiene retorno.

Si Maduro desconociera la voluntad popular, abultará su prontuario, el repudio internacional crecerá exponencialmente. Esa “victoria” pírrica lo hará más débil y vulnerable frente a las presiones del concierto mundial.

Allá abajo, en el pueblo llano, donde la gente se despide de sus hijos sin cura o los ve partir del seno del hogar, donde las familias ven angustiadas cómo les está siendo vedada toda fuente alimentaria para su sobrevivencia, donde trabajar ya no garantiza satisfacer la más elemental de las necesidades, ni siquiera desplazarse al sitio del trabajo, la gente busca desesperadamente una alternativa para insurgir, expresarse, sacudirse antes de morir tragado por este marasmo. De allí que, a pesar de que los llamados a la abstención se mantienen virulentamente, no ha bajado la importante tendencia a la participación. Todo lo contrario. Por ello, si chavistas y opositores se unen en las mesas de votación la esperanza de abrir juego hacia el futuro va a estar fuertemente en movimiento. Allí está la oportunidad. Que la soberbia no nos lleve a despreciarla.

Fuente: TalCual