Por Jean Maninat

La discusión acerca de participar en las elecciones del 20 de mayo se asemeja cada día más a aquel instrumento de suplicio retórico -disfrazado de trabalenguas infantil- con que se ponía a prueba la paciencia y la devoción de los niños por su trama familiar: el interminable cuento del gallo pelón.

La discusión acerca de participar en las elecciones del 20 de mayo se asemeja cada día más a aquel instrumento de suplicio retórico -disfrazado de trabalenguas infantil- con que se ponía a prueba la paciencia y la devoción de los niños por su trama familiar: el interminable cuento del gallo pelón.

¿Quieren que les cuente el cuento de las elecciones del 20/M? ¿Sí, no? Pues sin demora, aquí va una versión libre que no se autodestruye después de publicada.

La duda, de las que nos habló estupendamente en su último artículo Mibelis Acevedo, se ha instalado en una parte significativa del país opositor, noblemente pertinaz, y votar o no votar será, (allí si no hay duda), la decisión más crucial que se haya tomado en estos ya infinitos años de resistencia civil, cultural, democrática, constitucional y electoral frente al régimen. La fórmula irresponsable del no votes, ya se nos ocurrirá qué hacemos y te avisamos después, pierde asidero dada su liviana consistencia de suspiro limeño. Los líderes están obligados a ofrecer soluciones.

La epopeya democrática, hoy desmerecida por las Casandras retroactivas, que comenzó con la candidatura de Rosales, y continuó con los intentos presidenciales de Capriles (perdonen la familiaridad en el trato) empieza a taladrar la convicción inducida de que el desarme electoral de la oposición -en las actuales circunstancias- es el mejor camino para lograr el cambio tantas veces anunciado. La resistencia a votar sigue allí, qué duda cabe, pero titila ante la poca convicción que muestran los nuevos convocantes a la no participación, incomodos en un traje que a todas luces es alquilado y les causa una visible urticaria. Pero, sobre todo, se resiente la ausencia de una política de seguimiento a la abstención selectiva, más allá de aferrarse a las faldas de la comunidad internacional para que nos resuelva la tarea.

La precaución acerca de la transparencia y equidad de los comicios, es compartida por todos. ¿Vale la pena participar, si la trampa está ya fraguada? ¿En la hipotética situación de que Falcón gane, lo reconocería el régimen? ¿Cómo sería la transición, entre un eventual triunfo de Falcón, y la toma de posesión meses después? ¿Cómo lo asumiría la comunidad internacional? Son preguntas lo suficientemente inquietantes como para hacer trastabillar cualquier voluntad de ir a votar por disciplina democrática.

Pero sucede que esas interrogantes solo cobrarán vida y podrán complicar a la nomenclatura gobernante si son puestas a prueba en un hecho político-electoral concreto. De lo contrario, tan solo serán preguntas retóricas, suspiros enervados, a las cuales el gobierno no tendrá que responder en concreto; ni frente a Dios, ni frente a la comunidad internacional, porque no tendrá contendientes electorales con los cuales medirse. ¿Reconocerá el gobierno unos resultados adversos? Solo de haberlos, o al menos anunciarse, podrá negarse ante los ojos de los observadores todavía interesados.

Habría que forzar los hechos -no someterse a denunciar las intenciones autoritarias de sobrado conocimiento internacional- mediante el retorno a una participación electoral masiva que le dé cauce democrático a la voluntad de cambio que hierbe en el país. Ya se logró con éxito en el pasado reciente. ¡2015!

Las únicas elecciones que se aproximan a toda velocidad tendrán lugar el 20 de mayo, esas son las que hay que intentar limpiar y ganar -contra viento y marea oficialista-, las otras… estarán en manos del gallo pelón, y entonces el cuento será interminable.

@jeanmaninat

Fuente: El Universal